El nacimiento de un hijo conlleva modificar muchos aspectos en la pareja. El adicto, vive en su mundo de preferencias y el adaptarse a su rol como responsable, ya sea padre o madre origina en él un proceso que puede no estar preparado para ello, tanto a nivel sentimental como emocional.

Cuando un adicto no es capaz de asumir esos cambios, comienza a crear en su entorno confusión y falta de comunicación, reproches y resentimientos afloran, los efectos de su hábito de consumo, sin duda, repercute también en el ambiente familiar.

La conducta de un padre o madre adicta, ante los ojos inocentes de su hijo, le puede provocar tristeza y ansiedad ya que las carencias de amor y atenciones lo hacen sentir indefenso y desprotegido.

Conformen van creciendo los hijos necesitan compartir momentos de juego y sentirse el centro de atención de sus padres. Sin embargo, en una familia donde la adicción está presente, los buenos momentos quedan empañados por los cambios de humor que sufren los adictos,  anulando esa  complicidad  tan precisa entre padres e hijos en la infancia.

Poco a poco su infancia se va acortando, y sienten vergüenza cuando su padre o madre protagoniza alguna disputa en un partido de basket, o se olvida de recogerlo en el colegio, o el comportamiento ante su amigo, no es el que espera de ellos, el adicto miente para excusar sus olvidos o sus malos gestos, tienden a culpabilizar a los demás, y no son conscientes de la repercusión de su actitud cuando han consumido.

Los hijos de padres adictos, pueden llegar a adoptar el rol de padre o madre haciéndose responsable  incluso ante sus propios hermanos menores, adoptar la posición de rebeldía ante sí mismo y ante el resto de su entorno o abandonarse y sumirse en la tristeza, todo ello derivado de la baja autoestima que se va creando huella en su personalidad.

El fracaso escolar también es otra consecuencia, la carga emocional y el ambiente de hostilidad en casa no les facilita su rol de niños, no saben a quién ni donde pedir ayuda para refugiarse.

Los hijos de adictos ponen toda su intención en sobrevivir, hay que ser conscientes que pasan los días entre falsas promesas, y sueños rotos, y ello deriva en sentimientos de impotencia  e ira, a veces son protagonistas de abusos o violencias tanto físicas como verbales, y eso les distorsiona su realidad.

La ausencia de patrones afectivos y de conducta, también se pueden reflejar en las relaciones personales y de pareja, los hijos de un adicto pueden buscar complicidad en otras personas con similar problema o pueden no manifestar sus sentimientos creando frialdad, y desconfianza hacia los demás.

La ayuda profesional es fundamental para contrarrestar el daño emocional causado a los hijos de padres adictos, cuanto antes se reciba ayuda, más éxito tendrán las terapias.

Es preciso hacerles ver que ellos no son responsables, de lo que sucede o sucedió en su familia.

Expresar los sentimientos reprimidos ayudara a mejorar su vida, el terapeuta, les fortalecerá su autoestima y recuperaran la seguridad y confianza en si mismos tan necesario para ser feliz y en su momento ser capaces de crear una familia en armonía.

 

 

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