Como algunas veces he comentado, todas mis experiencias las intento integrar en mi vida diaria. Y este es uno de ellos.

Uno de los casos más recientes que he tenido es de una paciente de la que aprendí que muchas veces tenemos la seguridad dentro de nosotros pero no sabemos encontrar el camino para llegar a ella. Os cuento la experiencia:

Ella llegó a mi en una situación donde se sentía muy sola, no sabía realmente quién era, el trabajo se le hacia una montaña, en su casa había perdido la ilusión y con su pareja todo lo que hablaban eran discusiones. Sus padres y amigos la veían derrumbarse, todos querían ayudarla porque veían que había perdido la alegría de la vida pero, cuanto más lo intentaban, más se hundía ella.

 

Hicimos unas sesiones para buscar realmente su bloqueo emocional. Ella reconocía como se encontraba e incluso decía que por su cabeza pasaban muchos pensamientos negativos hasta el punto de querer hacerse daño. 

Comenzamos con un proceso de autoconocimiento, buscando si sus actos eran para ella misma o para los demás, y se dio cuenta de que todo lo que hacía en su vida era para los demás, que para sí misma no tenía voluntad y no le hacía ilusión hacer cosas. En todo este tiempo ella nunca había sido la prioridad en su vida. 

Trabajamos con su identidad, descartando todas aquellas cosas que iba descubriendo que no le gustaban. Comenzó poco a poco a cambiar hábitos, se vestía mejor, le apetecía arreglarse y, al mismo tiempo, comenzó a aprender a respetarse a sí misma con el mismo amor y cuidado que ella tenía para los demás. Comenzó a ponerse límites de no caer en viejos errores y empezar a decir que no cuando realmente lo sentía. 

Enseguida su familia aceptó su cambio, su pareja empezó a notarla diferente, algunas cosas le gustaban y otras no. Sin embargo, ella les comunicó que estaba en un proceso emocional y que necesitaba su tiempo. 

Comenzamos a practicar cómo tomar decisiones y manifestarlas en el día a día. Pequeños retos que le iban dando seguridad y que, al mismo tiempo, le enseñaban a recuperar el control de su vida.

Ella, sin saberlo, tomaba sus decisiones anteriormente condicionada por lo que le decía su familia y su pareja, pero no eran sus decisiones. Poco a poco empezó a tomarlas por ella misma. Ha realizar actividades sola, ha pedido colaboración cuando la necesitaba, pero en todo momento ha empezado a hacer las cosas como a ella realmente le gustaban y las necesitaba. 

Mejoró el diálogo con sus padres y, el poner límites en su relación, ayudó a llevar mejor las discusiones en la pareja, aprendiendo a ser conscientes de cuál era el espacio de cada uno.

Se sentía liberada porque ahora sabía realmente quién era y qué desea en cada momento. Sabe como comunicarlo sin dañar a los demás y teniendo en cuenta sus deseos. Ella aprendió a quitarse la máscara que la educación, la sociedad y la vida le había llevado a ponerse.

Hoy ha tomado la decisión de hacer un viaje y lo está realizando. Se siente segura, tiene proyectos de trabajo y ha vuelto a cantar y a sonreír. Como ella dice, vuelve a ser la loca que algún día fue y perdió.

 

Su proceso me ayudó a sentir la inferioridad como una herramienta de fuerza y me di cuenta de que la seguridad no es algo que se construye, sino que se tiene que fortalecer en nuestro interior.

Como madre que soy, muchas veces sobreprotegemos a nuestros hijos y hacemos las cosas por ellos, creándoles debilidades a cambio de fortalezas. Esta experiencia me llevó a darles más libertad y comprender que enseñarles el camino no es andarlo por ellos.

Si al leer estas palabras te sientes identificada y estás viviendo la misma experiencia es porque es tu momento de CAMBIAR.

Te invito que te atrevas, que nos llames y, como esta paciente con 7 sesiones, puedas reconducir tu vida.

¡TÚ PUEDES! Date una oportunidad, da un paso por ti misma.

 

Karina Rando

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